El rapto de Europa

Siempre han estado ahí, padres de la bestia hecha de soberbia, locura y ambición, a la que ocultan en paraísos laberínticos y dispersos, donde realizan sus perversos juegos.
Los mortales conocen su existencia pero no han logrado ver más que los trágicos efectos de su macabra diversión.
Falsos héroes se acercan periódicamente a participar, aupados por sus pueblos, escenificando un simulacro de lucha mientras actúan como verdugos bien pagados, para infringir los castigos que, como parte del ritual, el monstruo impone a la plebe.
Los utópicos libertadores que habrían de adentrarse en aquellos feudos, para acabar con la infamia, se gestan una y otra vez y terminan devorados por las ratas del egoísmo.
No es cierto que los héroes venzan a la bestia.
El ovillo de justicia que los conduciría al éxito no sirve porque el hilo siempre lo rompen los picotazos de los pajarracos negros.
Y tú, Ariadna, una vez más serás engañada.

(Fernando)

Abril del 75

Descubrí que el mar podía caminar entre nosotros antes de que nuestro padre nos obligara a afeitarnos por primera vez. Sus ojos verdes con un punto de mandarina, supongo que a causa de los reflejos del Sol, fueron los océanos donde podía bucear sin temor a ahogarme. La llamé Jeniffer y me sonrió. También había visto la película y como a Gary Grimes tampoco a mí me había sucedido nada tan sobrecogedor ni desconcertante haciéndome sentir seguro e inseguro al mismo tiempo como esperarla a la salida del metro. Al cabo de unos días, aceptó que la acompañara hasta la clase de idiomas y en la puerta la profesora de francés me agradeció el gesto, segura de que su marido se sentiría tranquilo, lejos, en un país vecino, sabiendo que un jovencito cuidaba sus pasos de cinco a seis de la tarde.

La flor blanca

El silencio es un haiku desnudo así que cada quince de abril colgaba del pomo de su puerta una flor blanca sujetando su tallo con papel celo. Su vecina nunca le dijo nada pero al cabo de los años abrió la puerta, con una mano cogió la flor y con la otra tomó su brazo llevándolo hasta la cocina donde humeaba el café. Mudos de nacimiento dejaron que hablasen sus besos.

Pizzicato

Nunca ha podido precisarse el origen de sus ancestros. Puestos a buscar precedentes hay muchos, sin duda. El laúd o el rabel que los árabes difundieron en la Europa mediterránea, por ejemplo. Pero todavía en el siglo XVII, a pesar de ser habitual en toda Italia, la mandolina tenía más prestigio que él. Así que si vino de aquí o de allá ya nadie se ocupa de ese detalle. Y no es cosa menor conocer por qué el tañido de sus cuerdas es tan especial. Tal vez fuera por su barniz o el arce con que estaban construidos aunque la fibra de su madera lo desmiente. Quizás influyera la pequeña edad de hielo que sufrió Europa cuando su hacedor vivió o el árbol que este encontró en un río y con el que construyó algunos como si el alma de aquella corriente impregnase el instrumento. Lo cierto es que sólo en ellos el pizzicato es especialmente original, hermoso.

Nunca sabremos dónde perdió aquel canalla el encanto por pellizcar con ternura su piel suave, el aroma discreto con que se envolvía cada mañana. Tal vez no lo hizo nunca, carecía de las yemas adecuadas con que arrancar, libre y amorosamente, el dulce sonido de una convivencia justa y pacífica. Nadie sabe en fin el origen de semejante ausencia o de cuándo y de cómo se rompió; si existió alguna vez.

Queda, como otras, la imagen de otro cuerpo rajado. De otra oportunidad perdida, acuchillado también su recuerdo. ¿Sabe alguien cuál es el antónimo del pizzicato?  ¿Crimen, tal vez?

Expropiemos todos los cuchillos

Mientras procesaba la última barbarie, estrangulada a los treinta y tres años de edad, Ana recibió la llamada de su mejor amiga, vecina de Barcelona, algo montaraz, siempre alegre, inconforme, polvorilla y brava. “Lo ha hecho. Cómo es posible. El Alex lo ha hecho. Esta vez ha sido él. Lo detuvieron con un cuchillo de grandes dimensiones en las manos. Alejandro ha matado a Eva. ¡La ha matado¡”. Aunque experta en socorrer los primeros momentos de las víctimas y de sus allegados, apenas pudo balbucear un par de frases inconexas absolutamente fútiles, incapaces de sosegar la desesperación de su amiga de la infancia, guardiana de sus sueños y secretos. Ella fue la primera en conocer la primera experiencia cuando apenas contaba dieciséis años. Y Ana se apresuró a recibir con cariño y complicidad la primera secuencia de flirteos, besos y caricias de Sara. Juntas habían construido castillos en el aire, jurado sin jurar fidelidades. Juntas se habían burlado de los chicos y atesorado las lágrimas desconocidas para el resto del mundo, hasta reírse la una de la otra y cada cual de sí misma dejándose tomar por una tormenta y una farola como en la vieja y deliciosa película de Gene Kelly.

Ana conocía de oídas a la última víctima porque  Sara, que era compañera de Eva en un proyecto común de arquitectura, le confió su preocupación respecto del carácter a veces irascible de un tal Alex. A pesar de estar informada de todos los protocolos, teléfonos, direcciones o guías de ayuda,balbuceó que “me siento culpable, quizás no la advertí a tiempo, no la apoyé lo suficiente. Era encantador pero no me enfrenté a él” . Y Ana, sacudida por el derrumbe de su mejor amiga, no encontraba palabras. De pronto, su formación y su experiencia  le servían de muy poco. Simplemente le pidió a Pepe, un buen muchacho y vecino del portal, su furgón de reparto. “¿Para qué lo quieres?”, preguntó algo sobrecogido por el tono y el vacío de sus ojos. Compraré todos los cuchillos de todas las ferreterías, supermercados, tiendas de bricolaje y los apilaré en un campo sin raíces ni aguaSu hoguera iluminará el mundo entero”.

Amores no son riñones

Sorprendido, el funcionario del juzgado de instrucción número cuatro de los de Gijón, encargado de recibir la demanda, buscó el auxilio del secretario judicial quien, a su vez, corrió en busca de su señoría. Tal vez porque ésta también era mujer, salió de su pecera y le preguntó en qué basaba su reclamación. ¡En el amor¡, exclamó y ante su perplejidad y la de los funcionarios, un empleado de Correos y un jovencito que solicitaba abogado de oficio, insistió en que sí, que si por amor le había regalado una parte de ella, ahora que esa razón murió exigía su devolución. Entre nostálgica y severa, la magistrada trató de informar al concurrido público que comenzaba a rodearlos que el amor no era una razón jurídica. Tal vez no lo sea, dijo la ciudadana, eso es cosa suya, pero lo que sí sé es que mi único riñón está enfermo y exijo que me devuelva el que le regalé.
Según fuentes consultadas, el juzgado ha procedido a abrir diligencias previas.

El mar de Azov

Natalia se adaptó rápidamente. Los casi dos mil kilómetros que separaban su cuna de una coqueta ciudad mediterránea que la acogiera pocos años antes no eran nada después de todo. Porque seguía el mar, la única criatura capaz de disputarle al buen dios el don de la ubicuidad. Su abuelo se lo decía siempre cuando era niña. A orillas del Mar de Azov. Te iras tesoro, le oyó una tarde cuando el sol ya aburrido decidía esconderse y para él se acababa su modo de vida, pescando esturiones abundantes en otro tiempo en aquel mar cerrado. El Sol viaja a otros lugares donde esperan pacientes su calor. Saben que siempre llega y saben también que el agua que nos observa se retira para besar otras orillas. Si debieras buscar un mejor rincón asegúrate de que tus pies puedan señalar su huella en otra playa y al subir la marea, él me la traerá. Luego la besó. Y aunque aquel era un mar cerrado se alegró recordando las palabras del viejo Vasyl mientras se despedía de todos asomada sobre el Kalmius.

Por eso no dudó que viviría en la patria de Gerión y contemplando las casas de colores colgadas del Oñar cerraba los ojos dejando que una cálida brisa la transportara hasta su querida Mariupol. Ahora está sin sueños porque un malvado la ha devuelto para siempre junto al buen Vasyl. Y con él busca los primitivos peces de su mar interior.

El mundo era pequeño

El mundo se reducía de una forma extraordinaria, en un piso pequeño de por sí, a una sola de sus habitaciones. Hacinada. Un mundo breve como su tiempo de apenas veintiséis años. Sin tiempo apenas para ordenar sus sueños. Quedando al margen mientras el sinsentido consumía un viaje a ninguna parte de su compañero huido. Casi siempre huyen, a la oscuridad y el olvido, a un bosque cercano, a la calle sin más hasta que otro callejón sin salida los detiene.
Una vida vieja en el barrio nuevo, que tantas veces hemos oído con orejas sordas y que tememos oír una vez más. Mañana, tal vez la semana próxima. Todos los meses, todos los años. Siempre, como una segunda piel que no aseamos nunca.

Una mujer de 26 años ha sido hallada muerta en su domilicio del distrito de Nou Barris. El presunto autor del asesinato convivía con la víctima, por lo que podría tratarse de un nuevo caso de violencia doméstica.
5 de enero de 2012