Noemí

Disfrutó  esa ilusión humana que se cuelga de los bolígrafos y compone héroes y fantasías en el papel. Cuando leía, sus dedos guiaban las palabras desde sus ojos a la boca y al llegar al margen derecho no se despeñaban sino que seguían, un renglón más abajo, el curso de sus olas que llamó pavadas.

El hada  de los ríos se disfrazó de años. Dejó sus fuentes al cuidado de la princesa del agua. Confundió su pelo con una ligera y corta capa de nieve, se dotó de un cayado y encogió un tanto.  Disfrazada de viejita se sentó entre nosotros una neña de ochenta y dos años. Y nos regaló su nombre. Ha vuelto al paraíso del mirlo acuático  y allí  espera, sin prisa, a todos los hijos del agua.

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El sueño de Crispín

Perdidos entre el gentío que esperaba la carrera de cintas, sus ojos no daban abasto a tanto paisaje. Guardó su sueño en la memoria de Crispín y aceptó el reto en el pañuelo de una niña redonda. Lo anudó en su lanza de caña y subió a la grupa de un pollino. Galopó hasta que su afán épico se coronó con un premio de zarzas, ortigas y las risas de su sueño con coletas.

La cosecha de un acorde

Su experiencia en la judicatura le había enseñado a no juzgar sin pruebas irrefutables. Una recomendación que propagaba entre sus parroquianos con escaso éxito.

Pero mientras almidonaba la camisa de un músico difunto, volvía a escuchar la misma letanía. Que era una loca novicia adolescente abrazada en el atrio de la iglesia por unos hondos acordes, bruñidos en el piano por un joven descendiente del más hermoso hijo de Polonia.

El amor, murmuró el juez, siempre es una prueba indudable, mirando con decoro la cosecha del preludio número trece de Frederick Chopin.