El mar de Azov

Natalia se adaptó rápidamente. Los casi dos mil kilómetros que separaban su cuna de una coqueta ciudad mediterránea que la acogiera pocos años antes no eran nada después de todo. Porque seguía el mar, la única criatura capaz de disputarle al buen dios el don de la ubicuidad. Su abuelo se lo decía siempre cuando era niña. A orillas del Mar de Azov. Te iras tesoro, le oyó una tarde cuando el sol ya aburrido decidía esconderse y para él se acababa su modo de vida, pescando esturiones abundantes en otro tiempo en aquel mar cerrado. El Sol viaja a otros lugares donde esperan pacientes su calor. Saben que siempre llega y saben también que el agua que nos observa se retira para besar otras orillas. Si debieras buscar un mejor rincón asegúrate de que tus pies puedan señalar su huella en otra playa y al subir la marea, él me la traerá. Luego la besó. Y aunque aquel era un mar cerrado se alegró recordando las palabras del viejo Vasyl mientras se despedía de todos asomada sobre el Kalmius.

Por eso no dudó que viviría en la patria de Gerión y contemplando las casas de colores colgadas del Oñar cerraba los ojos dejando que una cálida brisa la transportara hasta su querida Mariupol. Ahora está sin sueños porque un malvado la ha devuelto para siempre junto al buen Vasyl. Y con él busca los primitivos peces de su mar interior.

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