Abril del 75

Descubrí que el mar podía caminar entre nosotros antes de que nuestro padre nos obligara a afeitarnos por primera vez. Sus ojos verdes con un punto de mandarina, supongo que a causa de los reflejos del Sol, fueron los océanos donde podía bucear sin temor a ahogarme. La llamé Jeniffer y me sonrió. También había visto la película y como a Gary Grimes tampoco a mí me había sucedido nada tan sobrecogedor ni desconcertante haciéndome sentir seguro e inseguro al mismo tiempo como esperarla a la salida del metro. Al cabo de unos días, aceptó que la acompañara hasta la clase de idiomas y en la puerta la profesora de francés me agradeció el gesto, segura de que su marido se sentiría tranquilo, lejos, en un país vecino, sabiendo que un jovencito cuidaba sus pasos de cinco a seis de la tarde.

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