Frase para el martes 28 de noviembre

«Hacía tanto tiempo que no sabía nada de ella…» (Víctor Valencia Navarro).

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En mala hora bajamos a la Tierra…

Quedaron en reunirse como de costumbre. Eran sus días libres, así que convinieron dejar los asuntos del orden del día al azar: Sus lugartenientes los resolverían. Decidieron bajar a tonar unas cañas a un bar  de carretera.

Al final de la barra, un tipo fornido de bigote parecía esperarles. Cuando Dios y Lucifer fueron reconocidos, Nietzsche sacó su recortada y sin mediar palabra les abatió. Y se  puso fin al determinismo.

Empezamos mañana martes las clases de 17:00 a 18:45.

¡Hola! Ya he hablado con la coordinadora del curso y ella ha acordado con la directora del centro que al menos seis clases tendrán una duración de hora y cuarenta y cinco minutos. Quisiera emplear los martes y jueves de este mes de noviembre para dar las clases con este horario. ¿Qué os parece? La idea es empezar mañana martes y continuar hasta diciembre. En diciembre nos quedarían tres clases y éstas ya serían de hora y media, como veníamos haciendo hasta ahora.

Agradeceros a todas y a todos este pequeño esfuerzo.

Saludos

Estricnina

No soporto más caricias de sus dedos grasientos, ni frasecitas tipo:
¿Quién es el bebé de su tiíta? o ¿Por qué no te pones mi regalo?
Yo le preparé a la tía el té, mamá.
Tres cucharadas de azúcar, dos de veneno y una sonrisa de angelote llevando la bandeja.
Sorbe, traga, hipea, eructa. ¡Delicioso, el mejor que he tomado nunca!
Espero expectante y nada.
La tarde siguiente vuelve como todas, la reina sobreviviente de las ratas.

Sin sales aromáticas

Estaba tan cansada que decidió darse un baño. Cansada de esa especie de neumático que le había acompañado la última semana, desde que el avión se precipitó al Pacífico Sur.  Ni una señal de rescate inminente. Y esas seis aletas que anuncian tiburones  en el horizonte.  Así que dejo de luchar. Y decidió darse un último baño relajante. Lástima que no tuviese sales aromáticas. Ni tiempo para usarlas.

Descuartizamiento

Inquietantes sonidos interrumpieron la calma. La piel se desgarraba del músculo, evitando el desangrado. Su sonido, aún crujiente, era aterrador. El  cuchillo se deslizaba con agilidad entre las entrañas del cuerpo, descuartizándolo. Ya sin un halo de vida, el pavo estaba listo, y la cena de Navidad, también.