El rapto de Europa

Siempre han estado ahí, padres de la bestia hecha de soberbia, locura y ambición, a la que ocultan en paraísos laberínticos y dispersos, donde realizan sus perversos juegos.
Los mortales conocen su existencia pero no han logrado ver más que los trágicos efectos de su macabra diversión.
Falsos héroes se acercan periódicamente a participar, aupados por sus pueblos, escenificando un simulacro de lucha mientras actúan como verdugos bien pagados, para infringir los castigos que, como parte del ritual, el monstruo impone a la plebe.
Los utópicos libertadores que habrían de adentrarse en aquellos feudos, para acabar con la infamia, se gestan una y otra vez y terminan devorados por las ratas del egoísmo.
No es cierto que los héroes venzan a la bestia.
El ovillo de justicia que los conduciría al éxito no sirve porque el hilo siempre lo rompen los picotazos de los pajarracos negros.
Y tú, Ariadna, una vez más serás engañada.

(Fernando)

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