El jardín de las ideas

Lo primero que vieron fue una palmera. Lo segundo, las ordenadas rosaledas y laberintos alrededor. En un pequeño pabellón con columnas dóricas y amplios ventanales, el escritor se afanaba en concluir su antología de microrrelatos. En torno a él, un puñado de hombres y mujeres de edades diversas bebían, comían, charlaban, leían o simplemente reían. El canto de los pájaros, el rumor de las fuentes, la tarde soleada, invitaban a disfrutar. El escritor estaba orgulloso por haber invertido su fortuna en un sueño. De puertas afuera, acechaba una ciudad de cielos negros y calle inmundas.

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