Pizzicato

Nunca ha podido precisarse el origen de sus ancestros. Puestos a buscar precedentes hay muchos, sin duda. El laúd o el rabel que los árabes difundieron en la Europa mediterránea, por ejemplo. Pero todavía en el siglo XVII, a pesar de ser habitual en toda Italia, la mandolina tenía más prestigio que él. Así que si vino de aquí o de allá ya nadie se ocupa de ese detalle. Y no es cosa menor conocer por qué el tañido de sus cuerdas es tan especial. Tal vez fuera por su barniz o el arce con que estaban construidos aunque la fibra de su madera lo desmiente. Quizás influyera la pequeña edad de hielo que sufrió Europa cuando su hacedor vivió o el árbol que este encontró en un río y con el que construyó algunos como si el alma de aquella corriente impregnase el instrumento. Lo cierto es que sólo en ellos el pizzicato es especialmente original, hermoso.

Nunca sabremos dónde perdió aquel canalla el encanto por pellizcar con ternura su piel suave, el aroma discreto con que se envolvía cada mañana. Tal vez no lo hizo nunca, carecía de las yemas adecuadas con que arrancar, libre y amorosamente, el dulce sonido de una convivencia justa y pacífica. Nadie sabe en fin el origen de semejante ausencia o de cuándo y de cómo se rompió; si existió alguna vez.

Queda, como otras, la imagen de otro cuerpo rajado. De otra oportunidad perdida, acuchillado también su recuerdo. ¿Sabe alguien cuál es el antónimo del pizzicato?  ¿Crimen, tal vez?

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