El jardín de las ideas

Lo primero que vieron fue una palmera. Lo segundo, las ordenadas rosaledas y laberintos alrededor. En un pequeño pabellón con columnas dóricas y amplios ventanales, el escritor se afanaba en concluir su antología de microrrelatos. En torno a él, un puñado de hombres y mujeres de edades diversas bebían, comían, charlaban, leían o simplemente reían. El canto de los pájaros, el rumor de las fuentes, la tarde soleada, invitaban a disfrutar. El escritor estaba orgulloso por haber invertido su fortuna en un sueño. De puertas afuera, acechaba una ciudad de cielos negros y calle inmundas.

El indiano

Lo primero que vieron fue una palmera. Lo segundo, una descomunal casona de indiano. Lo tercero, un anciano muy desaliñado sentado en el porche.

El reportero encendió la grabadora.

La casa la fundó el abuelito. Hizo fortuna con el tabaco en Cuba. Luego vino la guerra y unos desalmados ocuparon la finca y asesinaron a las cuatro hermanas de papá. Nos aislamos de la gente mala. En los sesenta Castro nos robó nuestras propiedades de la isla. Nos volvimos pobres y raros.

La casona era una maravilla modernista en la que únicamente desentonaba el improvisado camposanto del patio trasero. El periodista soltó la grabadora cuando escuchó la extraña risa a su espalda.

Desencuentro

Las olas lamían los guijarros de la playa. Una joven con un vestido de flores meditaba apoyada en un bote. El mismo cielo, el mismo mar. Podía ser ayer pero habían pasado quince años desde aquel verano.

Canciones, hogueras, abrazos al amanecer. Tópicos de la adolescencia. Y, sin embargo, él nunca estaba.

Ella se fue con las sandalias en la mano. Al cuarto de hora, un joven se sentó en el mismo lugar, ignorante de que la nave ya había zarpado.

Amor 77

Dolores y Vladimir son ovejas negras del barrio de Salamanca. Estudian Filosofía y Letras en la Complutense. Dirigen una revista cultural y organizan huelgas contra el fascismo, la religión y el capitalismo. Sueñan una democracia para un país que despierta de un sueño posbélico. Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

(Inspirado en “Amor 77” de Cortázar).

Manual para trayectos en ascensor

Es aconsejable inspirar profundamente antes de que se abran las puertas. A continuación, verifique si el habitáculo está vacío o si va con vecino/a o transeúnte incluido.

En el primer caso, acceda al interior y pulse el botón del piso adonde pretenda llegar.

En el segundo, diga “hola” o “buenos días/tardes/noches” antes de pasar. Si su interlocutor es conocido y sobradamente apreciado conviene decir “¿a qué piso va?” y durante el trayecto comentar algo sobre el tiempo.

En caso de ser un/a desconocido/a o una persona con la que no siente mucha afinidad lo mejor es guardar un prudente silencio y fijar la vista en algún punto del orbe entre la puerta y el techo del ascensor.

Si su compañero/a abandona antes el lugar, procure franquearle el paso mientras se despide gentilmente. Si van ambos al mismo lugar, déjele también salir y despídase de igual forma.

En caso de que Ud. sea muy tímido y no quiera hablar, finja que lee un mensaje del móvil o hurgue sus bolsillos como si buscara algo y carraspee, carraspee mucho.

Con estos consejos Ud. podrá superar cualquier situación en un ascensor con independencia del tamaño de la máquina y la duración del viaje.

Aracnofilia

Un hombre de 40 años que responde a las iniciales P.A.D. ha sido rescatado de su propia vivienda por los servicios de emergencias después de ser atacado por su mascota: una peligrosa araña.

Algunos vecinos afirman que P.A.D. mantenía un extraño comportamiento tras su ruptura con B.F.C. De hecho, era frecuente oírlo hablar solo mientras deambulaba por su modesto piso. Únicamente abandonaba el hogar para ir al trabajo y eludía constantemente a la gente.

Una vez curado de las picaduras, P.A.D. ha sido ingresado en el Hospital Psiquiátrico Provincial.

(Continuación de “La migala” de Juan José Arreola).

Se alquila paraíso en ruinas

Hace veinte años que Marcelo me lo advirtió: “No inviertas en un pueblo muerto”. Pero yo soñaba con una vida relajada en un paraíso de animales mansos y hospitalarios aldeanos. Pensaba en auto abastecerme en el huerto y aprender leyendas célticas; ellos hablaban de trabajo de sol a sol, frío y luchas entre hermanos.

Con los años me harté de patear los mismos montes, de las cuestas del pueblo, los fríos de la casona y los continuos funerales. Por eso alquilo mi paraíso menguante y regreso a Madrid.

Ajuste de cuentas

En aquel momento oyó un golpe débil en la puerta. Olaf empuñó el machete y miró por el cristal empañado. Nada, salvo el inmenso manto blanco, los árboles desnudos y el viento inquietante.

Veinte noches así, el mismo golpe a horas intempestivas, pero nadie aguardaba en el quicio de la puerta.

Al siguiente atardecer lo vio surgir de entre los abedules. Era una inmensa hembra de oso parto que lo desmembró sin piedad mientras la cabeza del osezno vigilaba desde la chimenea.

La última baza del juez Mc Bride

Querida Elinor:

Ruego a Dios que leas esta carta antes de romperla. Ante todo quiero disculparme por esos diez años en los que ejercí un poder despótico sobre ti.

No supe entenderte, estimada Elinor, por eso estoy pagando mis culpas: me he casado con una sádica oculta tras una fachada de dulzor y romanticismo.

Esta mujer ha socavado los cimientos de mi vigor con esa absurda dieta vegetariana que me ha vuelto un ser endeble. Mi sangre es agua pura y llevo camino de convertirme en un pálido maniquí como el de la tienda de la prima Hellen.

Cuando camino por las calles de esta honrada ciudad, los vecinos saludan a mi sombra en vez de a mí. No tengo ganas de nada y mandar un negro a la silla eléctrica ya no me ilusiona. Los compañeros del Club de tiro me miran con desprecio cuando apenas puedo sostener con la mano mi adorado “Colt”.

Por fin, amada Elinor, soy poco menos que una inmunda víbora del desierto. Por eso te suplico por lo más sagrado que me ayudes a escapar de este infierno. Dame otra oportunidad. Te ofrezco ser, no una bestia, sino un dulce, tierno gatito.

Si ayer fueron diez años de penurias, hoy te ofrezco al menos veinte en los que serás la reina del Condado. Recuerda que América es el país de la segunda oportunidad.

(Versión de “El rinoceronte” de Arreola).

Presagio

La casa no es muy grande, pero sí confortable. Alejandra observa a través del cristal a sus hijas caminando por el jardín. El pequeño Alexis lee, sentado en una silla de mimbre.

Le extraña que los guardias les hayan concedido tanta libertad.

También a Nicolás, que pasea, meditabundo, por la habitación.

Por la noche les dan un refrigerio en el salón. Alejandra recuerda aquel cuadro de “La última cena” que decoraba su alcoba del Palacio de Invierno.

No entiende el porqué.