Las piezas

De repente, un bramido perturbó la paz del hayedo. El pastor, desde el quicio de la puerta, escuchaba en silencio. Sonaron unos disparos y luego, la nada.
“Serán los cazadores”, pensó, y entró en la cabaña.
Siete noches se repitió la misma escena y el pastor ya se extrañaba de la abundancia de ciervos en aquel paraje.
Pero el último día vio bajar una veintena de uniformados con un teniente a la cabeza y supo que eran cazadores de hombres. Aterrado, se encerró en la choza y de madrugada subió a enterrar los cuerpos.
Rubén Álvarez Vázquez.
Taller Micro relato UP 2018.

El jardín de las ideas

Lo primero que vieron fue una palmera. Lo segundo, las ordenadas rosaledas y laberintos alrededor. En un pequeño pabellón con columnas dóricas y amplios ventanales, el escritor se afanaba en concluir su antología de microrrelatos. En torno a él, un puñado de hombres y mujeres de edades diversas bebían, comían, charlaban, leían o simplemente reían. El canto de los pájaros, el rumor de las fuentes, la tarde soleada, invitaban a disfrutar. El escritor estaba orgulloso por haber invertido su fortuna en un sueño. De puertas afuera, acechaba una ciudad de cielos negros y calle inmundas.

El indiano

Lo primero que vieron fue una palmera. Lo segundo, una descomunal casona de indiano. Lo tercero, un anciano muy desaliñado sentado en el porche.

El reportero encendió la grabadora.

La casa la fundó el abuelito. Hizo fortuna con el tabaco en Cuba. Luego vino la guerra y unos desalmados ocuparon la finca y asesinaron a las cuatro hermanas de papá. Nos aislamos de la gente mala. En los sesenta Castro nos robó nuestras propiedades de la isla. Nos volvimos pobres y raros.

La casona era una maravilla modernista en la que únicamente desentonaba el improvisado camposanto del patio trasero. El periodista soltó la grabadora cuando escuchó la extraña risa a su espalda.

Desencuentro

Las olas lamían los guijarros de la playa. Una joven con un vestido de flores meditaba apoyada en un bote. El mismo cielo, el mismo mar. Podía ser ayer pero habían pasado quince años desde aquel verano.

Canciones, hogueras, abrazos al amanecer. Tópicos de la adolescencia. Y, sin embargo, él nunca estaba.

Ella se fue con las sandalias en la mano. Al cuarto de hora, un joven se sentó en el mismo lugar, ignorante de que la nave ya había zarpado.

Yo no quería

Recién licenciado, con poca experiencia, me apuntaron a un partido. Ganamos las municipales y ejercí de concejal en León. Diez años. Aunque yo no quería.

Los jerifaltes me propusieron para el Congreso y fui diputado por Menorca dos legislaturas. Tampoco quería.

Llegó la debacle, perdimos el gobierno y mi escaño. Casado, dos niños, la angustia me hizo aceptar una Fundación, que no quería.

Ahora disfruto la jubilación en una lujosa residencia donde ejerzo de portavoz de los internos…

…Aunque no lo quería.

Cita en la aldea

Cierto atardecer, volviendo del monte, me senté a reposar en el cabildo de una iglesia. De repente, vislumbré a través de la verja un nombre conocido grabado en una lápida. Allí estaba Pablo.

Un año mayor, repetía curso a causa de una grave enfermedad que le había robado el pelo y la alegría. Apenas pudimos cruzar dos palabras, cuando un mal día no regresó.

Nos hacinaron en un viejo autobús para acompañarlo a su remoto pueblo. Allí, calado hasta los huesos, aprendí que los niños también sabían morir.

Autonostalgia

No nací en primavera, por pocos días. Crecí en un piso alto donde podía intuir las montañas. Como tantos otros, tuve una aldea con abuelos y primos donde olvidaba la monótona semana asediado por curas. Del colegio conservo un par de buenos amigos y poca fe en las liturgias. Fui hijo obediente y estudiante aplicado, lo primero en demasía. En la Universidad encontré otra alma errante que, por suerte, aún conservo. Sobrevivo en la misma ciudad donde quizá tú también soñabas.

Despoblado

Muchas veces tu imaginación regresa al escenario de tu infancia
y te preguntas cómo es posible que el mundo haya cambiado tanto
y con tanta velocidad.

Solo tu mente escucha, cada vez más lejanas, las voces que un día te custodiaron;
recorre los caminos que hoy son senderos para las fieras;
se detiene en los soportales donde ya no quedan ecos de conversación.

Y te preguntas si no sería mejor improvisar un final inmediato
que no sufrir esta interminable agonía
porque el resultado sería el mismo,
el final de todas las cosas que una vez amaste.