El de la triste figura

Con un volantazo, Alonso sacó el Dos Caballos de la Nacional y avanzó a trompicones por la pradera agostada. Recortábanse sobre el azul los gigantes de acero. El hombre pisó el acelerador a fondo, sacó la cabeza por la ventanilla y gritó:

“No huyáis, cobardes criaturas…”

Las aspas lo ignoraron y prosiguieron su baile de kilovatios. El coche desbocado bajó la ladera dando vueltas de campana y se detuvo, ruedas al sol, en el fondo de la vaguada.

La mañana siguiente, lo encontraron frío. En su bolsillo, un retrato de Dulcinea.

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