Cita en la aldea

Cierto atardecer, volviendo del monte, me senté a reposar en el cabildo de una iglesia. De repente, vislumbré a través de la verja un nombre conocido grabado en una lápida. Allí estaba Pablo.

Un año mayor, repetía curso a causa de una grave enfermedad que le había robado el pelo y la alegría. Apenas pudimos cruzar dos palabras, cuando un mal día no regresó.

Nos hacinaron en un viejo autobús para acompañarlo a su remoto pueblo. Allí, calado hasta los huesos, aprendí que los niños también sabían morir.

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