La cosecha de un acorde

Su experiencia en la judicatura le había enseñado a no juzgar sin pruebas irrefutables. Una recomendación que propagaba entre sus parroquianos con escaso éxito.

Pero mientras almidonaba la camisa de un músico difunto, volvía a escuchar la misma letanía. Que era una loca novicia adolescente abrazada en el atrio de la iglesia por unos hondos acordes, bruñidos en el piano por un joven descendiente del más hermoso hijo de Polonia.

El amor, murmuró el juez, siempre es una prueba indudable, mirando con decoro la cosecha del preludio número trece de Frederick Chopin.

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